Mons. Alberto Gori

Vocaciones “ven y sígueme”

Mons. Alberto Gori

Mons. A. Gori

Mons. Alberto Gori fue Custodio de Tierra Santa y Patriarca latino de Jerusalén en uno de los períodos más difíciles de la historia de Oriente Medio (1937-1970). Gobernó hábilmente la Custodia de Tierra Santa, continuando con la política de colaboración con las autoridades británicas que habían iniciado sus predecesores en el cargo.

Desde mediados de 1936 hasta mediados de 1939, Palestina padeció una sangrienta revolución árabe. Los frailes que trabajaban en la región encontraron grandes dificultades para ejercer su ministerio, añadiendo a la gravedad de la situación el hecho de que los miembros más fundamentalistas del movimiento nacional palestino veían en los cristianos -incluso en los de origen árabe- como una “quinta columna” del ocupante británico y del “enemigo sionista”.

Una vez finalizada la revuelta comenzó la Segunda Guerra Mundial. Los británicos, que habían detenido en campos de concentración a muchos religiosos alemanes, italianos y franceses, dejaron al padre Gori que ejerciera sus funciones libremente. En los últimos años del conflicto, gestionando exitosamente la actividad del reducido número de frailes y los escasos recursos económicos, pudo evitar la parálisis de la misión. Las escuelas y seminarios tuvieron que cerrarse pero se garantizó el culto en los Santos Lugares, la conservación de aquellos que era propiedad exclusiva de la Custodia, la gestión de las parroquias y de las instituciones de beneficencia.

Concluida la Segunda Guerra Mundial comenzó la “guerra de liberación” de los judíos contra Gran Bretaña y los primeros enfrentamientos graves contra los palestinos. Mons. Gori, en un informe enviado a la Santa Sede, afirmaba que la Custodia de Tierra Santa, “aún manteniéndose ajena y por encima de cualquier custión política”, no podía permanecer indiferente al conflicto en curso. Tal conflicto afectaba muy de cerca “tanto a los Santos Lugares que custodia en nombre de la Iglesia Católica, como a las numerosas obras de religión e instrucción que cultiva en esta misma tierra”.

Durante el conflicto israelo-palestino de 1948, el Custodio solicitó a la Santa Sede que emprendiera una campaña diplomática en favor de la internacionalización de Jerusalén y de la libertad de acceso y culto a los santuarios que quedasen bajo la soberanía tanto árabe como judía. Trabajó además para acoger a los prófugos en las {Casa Nova} y en las distintas escuelas y hospicios de la Custodia. Para poder satisfacer sus necesidades, consiguió movilizar la caridad de los católicos occidentales, especialmente de aquellos de los Estados Unidos.
El 11 de noviembre de 1949, el Papa Pío XII decidió nombrarlo Patriarca latino de Jerusalén. La herencia espiritual y pastoral que dejó tras trece largos años de custodiato es importante: restauraciones y acondicionamiento de los Santos Lugares, contrucción de iglesias y conventos, fundaciones y ampliación de institutos de enseñanza abiertos a jóvenes de todas las religiones, fundación y reorganización de seminarios y colegios seráficos, envío de los religiosos mejor dotados para completar su formación en las universidades europeas, impulso de las excavaciones arqueológicas realizadas por el Studium Biblicum de la Flagelación y la rápida publicación de los resultados científicos, además de múltiples iniciativas pastorales en favor de los ritos orientales.

Cuando Mons. Gori se convirtió en Patriarca, la situación se presentaba ardua. Los sacerdotes del Patriarcado habían estado sin guía durante dos años y medio y la diócesis estaba dividida en cuatro estados diferentes (Jordania, Israel, Chipre y Egipto).

Terminada la guerra, el Patriarca consiguió obtener la restitución de gran parte de las instituciones religiosas ocupadas por el ejército judío y la legión árabe y, algunos años después, incluso el pago de los daños ocasionados por la guerra por parte de Israel y Jordania. Pero la vida de los cristianos no estaba exenta de dificultades y discriminaciones, derivados fundamentalmente de la estructura confesional de los dos estados y -en lo que se refiere al retorno de los exiliados y a las restricciones a la libertad de movimiento en el Estado judío y con los países vecinos- por las exigencias de seguridad interna. A pesar de ello, Mons. Gori no dejó de alzar su voz ante los gobernantes de las dos naciones.

Dedicó gran parte de sus energías a la actividad pastoral. La tarea era difícil debido a la escasez de recursos económicos y la compleja situación político-militar de la región. A pesar de sus esfuerzos, no consiguió frenar el creciente fenómeno de la emigración de los fieles, alimentado sobre todo por las discriminaciones, el problema irresuelto de los refugiados, las reiteradas crisis económicas y las tensiones políticas.

Mons. Gori dedicó una especial atención al gobierno de su diócesis, incluso cuando fue llamado para colaborar en la organización y el desarrollo del Concilio Vaticano II. Contribuyó a los trabajos del Concilio con repetidas intervenciones de carácter disciplinario y doctrinal.
En enero de 1964, Mons. Gori recibió al Papa Pablo VI en Jordania e Israel, convirtiéndose de este modo también él en protagonisma de un importante acontecimiento por sus connotaciones ecuménicas. De vuelta a Jerusalén, esta vez de forma estable, en diciembre de 1965, el entonces anciano Patriarca siguió gobernando la diócesis durante otros cinco años, asumiendo también el cargo de Presidente de la “Conferencia episcopal de los obispos latinos de las regiones árabes”.
Falleció el 25 de noviembre de 1970, a la edad de 81 años, y sus restos están enterrados en la concatedral patriarcal de Jerusalén, junto a sus más ilustres predecesores.



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de Paolo Pieraccini

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