La Cuestión de los Santos Lugares (1517-1852)

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La Cuestión de los Santos Lugares

Un firmán

Este fue, sin duda, el período más difícil en la plurisecular historia de la Custodia de Tierra Santa. Nunca, como en este intervalo, se ha podido constatar mejor la verdad del dicho según el cual, en Tierra Santa “nunca es tiempo de julio, siempre lo es de marzo”, es decir, no se puede estar seguro de nada porque todo puede cambiar repentinamente, igual que sucede en el mes de marzo. Fue un tiempo de persecuciones: vejaciones, expulsiones, exilios, expolios de derechos conseguidos con sufrimiento… todo ello estaba a la orden del día. En los tres siglos anteriores, la presencia de los franciscanos había adquirido un peso privilegiado en los santuarios. La comunidad franciscana se había establecido y construido su propio convento en el Monte Sión, con el derecho a oficiar en el Santo Cenáculo de modo exclusivo y oficiaba, con otras comunidades, en el Santo Sepulcro, las basílicas de Santa María en el valle de Josafat y de la Natividad en Belén. En cuanto se refiere al Santo Sepulcro, en el siglo XV los franciscanos tenían la propiedad exclusiva y pacífica del edículo, en el mismo Sepulcro, de la Capilla del Calvario y de la cripta de la Invención de la Cruz.
En 1517, en la Palestina bajo dominio de los mamelucos, sucedió lo mismo que con el sultán de los turcos, en Constantinopla. Las comunidades ortodoxas griegas, aprovechándose del hecho de estar compuestas por súbditos del imperio otomano, pudieron llegar sin problemas a Tierra Santa. La competición por la propiedad de los Santos Lugares hizo que estas comunidades comenzaran con una campaña denigratoria contra los franciscanos, presentándolos como usurpadores, extranjeros y enemigos del imperio turco. En ese período, la Custodia de Tierra Santa sufrió injustas usurpaciones. La más humillante y gravosa fue la expulsión definitiva del Santo Cenáculo, ocurrida en 1552. El golpe fue muy duro: el convento del Monte Sión había sido, durante dos siglos, el centro propulsor de la actividad franciscana en Tierra Santa.
Entre los siglos XV y XVIII, la historia de los Santos Lugares, en lo que se refiere al derecho de propiedad jurídica, vio una sucesión de pérdidas y de recuperaciones parciales. Si no se perdió todo en la basílica del Santo Sepulcro ni en la de Belén fue gracias a la parcial y sacrificada labor desempeñada por los responsables de la Custodia que involucraron a las potencias católicas para que desarrollasen toda su acción diplomática ante los sultanes musulmanes de Constantinopla en defensa de los derechos católicos en los Santos Lugares. El mismo Papa Urbano VIII, con una Bula publicada en el año 1623 reafirmó el deber y derecho de todos los Príncipes católicos de proteger a los franciscanos de Tierra Santa. Mientras que en las basílicas del Santo Sepulcro, de Belén y en la de la Tumba de la Virgen en el valle de Josafat se producían pérdidas de derechos, los franciscanos los adquirían de nuevo en otros lugares. En 1620 adquirieron la propiedad definitiva del lugar de la Anunciación en Nazaret y se les concedió el Monte Tabor. Las dos adquisiciones se debieron a la benevolencia del príncipe druso Fakhr al-Din. En 1684 se adquiere el área de Getsemaní y, en 1679, la del santuario de San Juan en Ain Karem. En 1754 se consigue el santuario de la Nutrición en Nazaret, y en 1836 el de la Flagelación, en Jerusalén.
Recorriendo la historia de la Custodia de los siglos XV a XVIII, hay que destacar las variaciones que su figura jurídica tuvo en el campo eclesiástico; variaciones, en la práctica, correspondientes a la evolución de la figura jurídica del Padre Custodio. El dominico padre Felice Fabri, que estuvo dos veces en Tierra Santa, en los años 1480 y 1483, nos presenta al Padre Custodio de Tierra Santa con el título y la calificación de “Provisor” para la Iglesia Latina de Oriente, encargo que, como él dice, el Papa le confería frecuentemente. La primera vez que el Custodio de Tierra Santa es presentado como “Responsable” de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide en casi todo el Oriente Medio, es en 1628. Posteriormente se convierte en una Institución regular. Lo encontramos también con el cargo de “Prefecto de las Misiones de Egipto y de Chipre”. No podemos tampoco olvidar la denominación y calificación jurídica como “Comisario Apostólico de la Tierra Santa y del Oriente”. Todas estas responsabilidades permanecieron como misiones del Padre Custodio hasta la reconstrucción del Patriarcado Latino de Jerusalén en 1847.
Naturalmente, la relación entre la Custodia de Tierra Santa y el Occidente católico tuvo también un carácter económico, con motivo de la organización franciscana, que no tuvo carácter predeterminado y que tampoco gozaba de ninguna renta en la zona de actividad. La Custodia, por tanto, siempre ha tenido necesidad de ser financiada desde el exterior. A través de los siglos, los Papas han recordado en importantes documentos a toda la Iglesia el deber de ayudar a la Tierra Santa prescribiendo colectas periódicas en todas las diócesis. La ayuda económica de los gobiernos occidentales fue por tanto providencial, a pesar de no ser siempre adecuada a las necesidades materiales y a las necesidades por cuestión de prestigio, aspecto relevante en el contexto oriental en el que la Custodia desarrolla su misión.
Desde este punto de vista, el Reino de Nápoles ofreció a la Custodia una gran ayuda, concretamente a través del Comisariado de Nápoles, a partir del año 1621, mediante el cual se recogían los fondos que después se enviaban a Tierra Santa. Más tarde, en 1636, se instituyó otro Comisariado que operaba en el Reino de las Dos Sicilias, con sede en Messina, seguido por otro en Palermo.
Desde otra parte de Italia, Venecia, había un contacto continuo con Tierra Santa a través de los peregrinos, que eran transportados en sus naves, garantizándoles un viaje seguro. En 1593 se fijó, con este motivo, que el Custodio y los religiosos elegidos con él para el gobierno de los frailes en servicio de los Santos Lugares, debían embarcarse para el Oriente exclusivamente desde esta ciudad. En 1520, el senado véneto decidió erigirse en abogado del Guardián del Monte Sión, recordando al Papa que la Orden franciscana estaba para la Custodia de los Santos Lugares y pidiéndole por ello la confirmación de tal privilegio. Venecia también se dedicó a la defensa de los Santos Lugares gracias, sobre todo, a sus relaciones diplomáticas con Constantinopla.
La política de Francia hacia la Custodia de Tierra Santa se canalizó a través de las Capitulaciones, recibidas de Francia por primera vez en 1535, del sultán de Constantinopla Sulaymán II el Magnífico. Cuando los musulmanes estaban en plena expansión hacia Europa y otros lugares, el rey Francisco I, firmó un pacto de ayuda con el sultán contra el rey Enrique VIII de Inglaterra, lo que suscitó un gran escándalo entre los reinos cristianos de Europa. Pero las Capitulaciones sirvieron como puentes que permitieron a los estados musulmanes mantener relaciones pacíficas y amistosas con el mundo cristiano. Para Francia, las Capitulaciones constituían la obligación moral de intervenir y proteger a los franciscanos a través de la intermediación de sus embajadores en Constantinopla, que intervinieron en momentos de grandes dificultades, sobre todo en el siglo XVII. El cónsul de Francia residía en Sayda, desde donde se acercaba a Jerusalén para solucionar, in situ, las cuestiones en litigio. En tales ocasiones se le rendían honores litúrgicos. Esta situación perduró hasta 1793, aunque las Capitulaciones no desaparecieron definitivamente hasta el año 1917 con la ocupación aliada de Jerusalén, a pesar de haber sido abolidas el año 1923 con el Tratado de Losanna.
El Protectorado francés sobre todos los católicos comenzó con el rey Luis XIV, que quiso ser el defensor de los cristianos ante el imperio otomano, y que obtuvo tal derecho de modo implícito y en términos bastantes ambiguos. Fue sólo bajo Luis XV, con las Capitulaciones de 1740, cuando el derecho de Protectorado de Francia se sancionó y reconoció oficialmente, gracias al papel que había jugado a favor del imperio otomano en el Tratado de Belgrado. La Santa Sede reconoció oficialmente el Protectorado francés sobre todos los católicos, de todas las nacionalidades, incluidos los turcos, del imperio otomano, e incluso sobre los de ritos orientales. En 1870 Francia vio con recelo el nombramiento del vicario patriarcal de Constantinopla como Delegado Apostólico. Creyó fuese su obligación intervenir cuando se trataba de establecer relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Turquía. Pero los protegidos por Francia que no eran de tal nacionalidad soportaban de mala gana su protección. Tras el comienzo del siglo XX, el número de religiosos no franceses que despreciaron la costumbre de acudir a sus cónsules respectivos, pues la protección de estos últimos remitía a la de Francia, fue en aumento. El Protectorado francés continuó hasta 1923. Fue en San Remo cuando los representantes de Francia tuvieron que renunciar. El punto final se pone con el Tratado de Paz de Losanna, firmado entre Turquía y las potencias aliadas, el 24 de julio de 1923. De esta larga experiencia sellada por la diplomacia quedan sólo los honores litúrgicos, todavía vigentes entre el Vaticano y Francia en algunos países que pertenecieron al imperio otomano.
España, desde el principio, ayudó a los cristianos y los frailes de Tierra Santa con grandes sumas de dinero enviadas a Oriente. Desde que se unieron las coronas de Aragón y Castilla, los Reyes Católicos asumieron la misión de ayudar a la Tierra Santa y a los frailes guardianes de los santuarios enviando cada año, con ese objetivo, 1000 escudos. En 1550, Carlos V aprobó la suma destinada a la restauración de la Basílica del Santo Sepulcro. En 1646, la S. Congregación emitía un decreto en el que se vetaba a los franciscanos la recuperación de los santuarios con dinero. Por tal motivo, el rey español se ocupó directamente del asunto enviando un fraile español a la corte de Constantinopla que obtuvo, en 11 años, la recuperación de los derechos de los franciscanos sobre los santuarios que habían sido usurpados por los griegos. En 1714 se reconstruyó la Basílica del Santo Sepulcro y nuevamente los costes fueron sufragados por el rey español. Además, se constituyó en Madrid la Caja de la “Opera Pía de los Santos Lugares”, que administraba las ayudas para Tierra Santa.
Con Carlos III y con Bula real de 1772 se defendieron los derechos españoles de Patronato sobre los Santos Lugares, en respuesta a la Bula “In Supremo”, del Papa Benedicto IV, donde tales derechos no se mencionaban. Esta Cédula Real fue una estupenda demostración de reprimenda a todos los que no se interesaban por los problemas de Tierra Santa. Para defender sus propios derechos, el rey obtuvo del Papa Pío VI, en 1878, la publicación del Breve “Inter Multiplices”, donde ratificaba las reivindicaciones de Carlos III, documento que fue posteriormente revocado por el mismo Papa a causa de la situación política en España. En 1846 con la Bula “Romani Pontifices”, la Santa Sede unificó la Caja de España con las de las demás naciones en una única Caja, para el sostenimiento de la Tierra Santa. En 1853 se crea el Consulado español en Jerusalén, encargado de proteger a los religiosos españoles de Tierra Santa y de administrar el dinero enviado por el Procurador General a los frailes, con el fin de que dicha suma no terminara en manos del Patriarcado Latino, reconstituido en 1848. Bajo el impulso de Isabel II de España, en 1853 se fundaron entre otros, el “Colegio de Priego”, para enviar misioneros a Tierra Santa. Siguieron luego los de Santiago de Compostela y finalmente el de Chipiona.

También en este tiempo, como en los precedentes, entre los frailes de la Custodia hubo víctimas por causa de la fe. En 1530 los frailes fueron encarcelados como consecuencia de la leyenda de los tesoros del Santo Sepulcro: los infieles los buscaron para apropiarse de ellos pero, no encontrándolos, metieron a los frailes en la cárcel durante 27 meses. Otra persecución se desencadenó en Palestina entre los años 1537 y 1540, cuando los musulmanes se vengaron por la derrota de 1537, apresando a los frailes del Monte Sión y Belén y recluyéndolos en prisiones de Damasco durante 38 meses. En 1551 los frailes fueron expulsados del Monte Sión y se establecieron, primero en la Torre del Horno y, sucesivamente, en 1558, en el convento de San Salvador. En 1548 estalla otra persecución en Nazaret y los frailes tuvieron que huir a Jerusalén. La situación se repitió en el mismo lugar entre 1632 y 1638. Otros frailes murieron en Tierra Santa debido al odio de los griegos, como el caso de los dos franciscanos de la isla de Candia, arrojados al mar en 1560. Después, con la llegada de Napoleón a Tierra Santa, se produjeron otras persecuciones en Jerusalén y Ramleh. Todo ello se agravó con las epidemias de peste que brotaron en distintos momentos durante los siglos XVII y XVIII.

Calendario

24/08/2018 CELEBRACIONES DEL DÍA

S. Bartolomé ap. Caná: 18:00 Misa solemne

31/08/2018 CELEBRACIONES DEL DÍA

Ramleh: S. José de Arimatea y Nicodemo

01/09/2018 CELEBRACIONES DEL DÍA

Monte Nebo: 17.00 Misa solemne

08/09/2018 CELEBRACIONES DEL DÍA

Natividad de la V. María. S. Ana: 9.00 Misa solemne

14/09/2018 CELEBRACIONES DEL DÍA

Exaltación de la Santa Cruz. Calvario: 9.00 Misa (Vicario)

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